05 octubre 2006

Ética de bachillerato

Como he recibido una educación católica y tradicional en un colegio de pago al pasar al instituto, un centro público, decidí probar la Ética en lugar de la Religión. En primer año (con catorce años) te ponen un ejemplo que creo que sale del recomendable libro «Ética para Amador» y que voy a parafrasear y ampliar aquí:
Eres un mercader griego, te llamaremos Aristos. Eres el capitán de una nave de mercancías, tripulada en su mayoría por esclavos y vuelves a Grecia con un cargamento de obras de arte de Egipto. Te queda un día de viaje y te asalta una tormenta terrible, se produce una vía de agua y el barco no puede con su peso. Si quieres llegar a puerto tienes que aligerar y tan sólo hay dos opciones, echar la mercancía por la borda o echar a los esclavos por la borda. Lo que eches por la borda se perderá para siempre, sin posibilidad de rescate posterior.
En el mundo actual uno no concibe que una vida valga menos que un objeto. Así que el dilema ético no existe, se lanza la mercancía y se salvan las vidas. Pero no estamos en el mundo actual, eres Aristos y tienes que valorar muchas cosas. Para empezar los esclavos no son personas, son una mercancía como el arte. Y esclavos, aunque caros, hay muchos pero las obras de arte son insustituibles. Si pierdes las obras de arte pierdes muchísimo dinero y no es seguro que puedas reparar la nave y volver a hacer un negocio, y tu reputación estará por los suelos. Será difícil conseguir otro encargo, al menos de obras tan valiosas. Por otra parte perder los esclavos te deja los beneficios para reparar el barco y comprar más esclavos. La decisión de Aristos es tan sencilla como la nuestra, pero de signo contrario.

Si la tripulación de Aristos es de empleados, hombres libres, en lugar de esclavos la decisión se complica de verdad. Los empleados no se cambian como los esclavos. La gran mayoría serán personas que aprecias de verdad y no son sustituibles, como las obras de arte. Además de que volver sin la tripulación te hará bastante más difícil conseguir otra, no hay muchos que se enrolen en un barco que los dejará morir ahogados a la primera oportunidad. Yo soy este Aristos, he tirado las obras de arte, por irrecuperables que sean, y he confiado en mi tripulación, en que su lealtad nos permitirá volver al negocio, aunque sea poco a poco.

Pero en la clase de historia de ética, una vez que todo el mundo se convence del valor de la vida humana sobre cualquier objeto, nadie te explica que pasó con Aristos. Ahora, más de una década después lo he sabido. Aristos llega a puerto con la nave rota, sin mercancía y la tripulación completa. Los mercaderes le retiran la confianza a Aristos y el tipo que le prestó el dinero para comprar esas obras de arte reclama el pago de la deuda, Aristos vende el barco para pagar y se retira para poder vivir de manera autónoma, lejos de la responsabilidad y de la toma de esas decisiones. Vive en la montaña con su mujer, tienen una huerta y un pequeño rebaño de cabras. Un día baja al pueblo a vender queso y se encuentra con uno de sus viejos compañeros, está mendigando, está enfermo y alguien le ha agredido hace poco. Le cuenta a Aristos que toda la tripulación se vino económicamente abajo al acabar la fatídica travesía. No cobraron y no los contrataron para otros barcos por temor de que alguno fuera gafe. Los que no han acabado mendigando han cruzado la línea que separa lo legal de lo ilegal. Algunos están en prisión y tres han muerto. Y Aristos se pregunta si los dioses lo han castigado por arrojar aquellas obras de arte al mar, si al salvar a aquellos hombres tan sólo les cambió una muerte terrible por una vida terrible y, sobre todo, si no hubiera hecho mucho mejor en arrojar la tripulación por la borda.

Y ahora soy Aristos, tomé la decisión más correcta desde un punto de vista ético pero mi tripulación no ha salido bien parada. Y me pregunto si aquel problema no tenía una solución mejor o si es mi culpa por no haberla encontrado. La ética que te enseñan en el bachillerato no sirve para solucionar los problemas cotidianos sin embargo para la vida común sobran las simples matemáticas de primaria.

2 comentarios:

Sr_Skyzos dijo...

A veces es la propia tripulación la dueña de su destino, la que puede decidir. Y si se aboga por las obras de arte, la tripulación sabe nadar. Y si por la tripulación, todos tenemos voluntad propia y libre albedrío.

Ray dijo...

Una metáfora fantástica, pero ahora nos dejas con la duda de qué ha pasado realmente en la versión original.

Venga, no te hagas de rogar y "fes-nos-en cinc cèntims".

Y si tan mal te sientes con todo, haz algo fuera de lo común para desconectar e irrigar el cuerpo con endorfinas: yoga, masajes, o -como yo- baile (te recomiendo los latinos).

Saludos!